Así se plasma la filosofía de Averroes en un collage surrealista vintage
El artista ecuatoriano Beto Val dirige en Córdoba un sugerente taller de creación en papel, color y pegamento
Son las 11.00 de la mañana y seis personas están sentadas alrededor de una gran mesa rectangular. Un revuelo caótico de recortes, fotografías, cartulinas, revistas a todo color, tijeras y barras de pegamento colonizan el tablero de punta a cabo. Un señor da instrucciones mientras el resto se afana en rebuscar entre la montaña de papel un trozo de imagen que encaje en la obra que desarrolla sobre un pliego de cartulina. Estamos en un taller de collage analógico. Pero no en un taller cualquiera. Se trata de un “collage surrealista vintage” centrado en la figura del pensador Averroes para conmemorar el 900 aniversario de su nacimiento.
¿Y cómo se puede representar a Averroes y a su pensamiento en un collage surrealista vintage? Buena pregunta. El señor que da instrucciones se llama Beto Val y ha revolucionado el mundo del collage con sus criaturas híbridas y fascinantes como escapadas de una aventura de Julio Verne. Tiene en su mano un puñado de fichas fabricadas por él mismo y da a elegir una al azar entre los cinco alumnos del taller.
Cada ficha aborda una idea de la obra filosófica de Averroes. Por ejemplo: razón y fe, uno de los dilemas científicos que marcaron su trayectoria intelectual. En la parte superior de la ficha enuncia la cuestión: “Averroes defendió una idea revolucionaria para su época: la filosofía y la religión no eran enemigas”. Más abajo, sobre un fondo negro, plantea una pregunta: “¿Qué fuerzas aparentemente opuestas conviven en tu vida?”. A continuación plantea posibles vías de reflexión: “Trabajo y creatividad. Tradición y cambio. Emoción y lógica”. Y finalmente sugiere algunas pistas visuales: “Un corazón formado de dos partes distintas. Un árbol con raíces y ramas con símbolos diferentes”.
Con esas pautas, u otras similares, los alumnos deben plasmar sobre una cartulina blanca, negra o azul un collage que exprese en imágenes las ideas filosóficas que marcaron la obra del gran filósofo cordobés. Cada uno tiene una tijera y una barra de pegamento. Y sobre la mesa se extiende un océano de revistas, publicaciones y fotografías preparadas para ser destripadas y mutar hacia otras vidas impresas. Mientras tanto, en una pantalla gigante de televisión suena Vicente Amigo.
“Hay varios tipos de collages”, explica el artista ecuatoriano afincado en Madrid. “Este que estamos haciendo ahora sobre Averroes es un collage narrativo. Se trata de expresar un pensamiento con imágenes abstractas aunque con sentido”. Pero hay otras variantes. Por ejemplo, el collage terapéutico. Lo importante en este tipo de ejercicio no es el resultado final sino el proceso para “sacar la energía interior”. Es una clase de collage muy usado por la infancia y en entornos escolares. O el collage estético, que únicamente busca la belleza a través de figuras geométricas y contrastes de color.

Beto Val no había oído nunca hablar de Averroes. En Ecuador el filósofo cordobés es un perfecto desconocido. La primera vez que escuchó su nombre fue cuando Bárbara Ruiz Bejarano, directiva de la Fundación Las Fuentes, descolgó el teléfono y le propuso organizar un taller de collage en Córdoba en el marco del 900 aniversario de su nacimiento. “Fue entonces cuando estudié al personaje y su pensamiento”, admite el artista. “Y descubrí que abordó la unión de dos mundos: el mundo de la ciencia y el mundo de las creencias”. El desafío que afrontó fue cómo “aterrizar” al personaje en un collage. Y cómo plasmar en una cartulina que “filosofía y religión no son enemigos, sino la búsqueda de la verdad por caminos distintos”.
Mientras Beto Val conversa brevemente con el periodista, los alumnos del taller rastrean entre todo el material depositado encima de la mesa para ir dando forma a su collage. Ahora suena en la gran pantalla de televisión la voz evanescente de Amal Mathlouthi. “La música es importante”, subraya, “porque ayuda a manejar el silencio”. De vez en cuando, el monitor se levanta y se acerca a ver la evolución de sus alumnos sobre la cartulina. Observa detenidamente los recortes que han pegado en el papel y escucha paciente las explicaciones de cada autor y el razonamiento que se esconde detrás de cada composición.
El artista ecuatoriano ha dirigido cinco talleres en Córdoba, tres en la Escuela de Arte y Superior de Diseño Mateo Inurria y otros dos en la sede de la Fundación Las Fuentes. En total, se han inscrito más de 40 personas a lo largo de dos jornadas consecutivas.
Hasta la pandemia, en marzo de 2020, Beto Val trabajaba como diseñador gráfico y publicista. Para combatir las interminables horas muertas del confinamiento empezó a jugar con materiales gráficos antiguos y encontró un viejo cuaderno de campo digitalizado con cientos de imágenes del mundo animal y vegetal de libre acceso. “Ensamblaba pájaros con cuerpos de peces o plantas en un ejercicio puramente lúdico”, indica el artista.
Compuso cientos de criaturas exóticas que subía a Instagram con creciente éxito. Y en apenas cuatro años pasó de 400 a 300.000 seguidores. Hoy Beto Val es apreciado por haber desarrollado una marca personalísima y reconocible. “Son criaturas como de hace 200 años que parecen reales y orgánicas. Y ahí está el giro que me ha permitido despuntar”, argumenta en una sala de la Fundación las Fuentes. Ha vendido miles de láminas por internet y ha diseñado colecciones de ropa, cubiertas de libros, etiquetas de vino y hasta una portada del New York Times.
Desde hace años vive como un nómada, a caballo de Italia, España y Quito. “Europa me estimula”, sostiene. En Ecuador trabajó más en el ámbito infantil y llegó a inventar un superhéroe que tuvo cierto vuelo. Y ahora se siente más “surrealista” que “collagista”. Para Beto Val, el surrealismo es una forma de “rebeldía” e “inconformismo” con la realidad circundante. Una manera de transgredir lo convencional.
Sus talleres suelen durar unas tres horas de trabajo e incluyen un collage colectivo creado de forma cooperativa por todos los alumnos. Al tiempo que van ensamblando sus composiciones en sus propias cartulinas colaboran en una obra comunitaria que evoluciona de la manera más imprevisible. El collage colectivo que trabajan ahora parte de una imagen vintage de una máquina de escribir, que ha sido recortada y pegada por el propio monitor. Poco a poco los alumnos van completando la obra con imágenes añadidas hasta ir prefigurando una composición imprevisible y sorprendente.
Al fin y al cabo, el objetivo del taller es dejar volar la imaginación y romper los límites racionales que impone la realidad. “A mí me gustan los talleres lúdicos”, asegura Beto Val. Porque aquí, añade el artista digital, se ha venido a jugar y a construir un universo nuevo, distinto y excitante.