“La risa es una herramienta muy potente para enseñar historia”

“La risa es una herramienta muy potente para enseñar historia”

El arqueólogo y divulgador Mikel Herrán triunfa en las redes con una fórmula mordaz y didáctica para abordar temas complejos del pasado

Por el universo desbordante de las redes sociales no únicamente circulan bulos, material inflamable y mercancía averiada. También divulgación científica de alta calidad. Por ejemplo, Puto Mikel. Arqueólogo, escritor y youtuber, Mikel Herrán (Zaragoza, 1991) se ha convertido en todo un fenómeno mediático. Su perfil de YouTube tiene 327.000 suscriptores. En Instagram le siguen 331.000 personas. Y muchos de sus vídeos rozan el millón de visualizaciones.

Es máster en Arqueología del Mundo Árabe por la University College London y colabora con RNE, El Intermedio y Carne Cruda. Sus reels mordaces y corrosivos se adentran en la historia cargados de ingenio y humor desde una perspectiva fresca e innovadora que ha logrado enganchar a miles de jóvenes. El jueves 24 pronunciará una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras de Córdoba sobre ‘El legado universal de Al Andalus’ en el marco del Año Averroes. El evento ha sido organizado y patrocinado por la Fundación las Fuentes.

PREGUNTA. ¿Y cuál es el legado universal de Al Ándalus?

RESPUESTA. De manera general, toda cultura contribuye a la historia universal. En el caso de Al Ándalus, hay un legado muy claro: se crea una sociedad islámica en Europa que dura más de siete siglos y que influye a nivel de intercambio de productos, de dieta y de ideas a nivel filosófico. Al Ándalus es fundamental para entender el paso entre la filosofía clásica y la renacentista. Por ejemplo, no se puede entender a Santo Tomás de Aquino sin su conversación con los textos aristotélicos que le habían llegado traducidos a través del mundo árabe y de pensadores orientales con los que dialoga, a veces en un marco de comprensión y otras de confrontación.

Ese diálogo hace progresar la historia del pensamiento europeo tal y como la entendemos hoy. Más allá de las ideas, el legado andalusí está presente en la comida y en el arte. Y no desapareció tras 1492, sino que forma parte de nuestra propia cultura en España e incluso en el mundo americano, donde con la conquista se llevaron costumbres y formas de origen andalusí que volvieron a mutar al llegar a ese nuevo contexto.

P. ¿Y cuál es el “viaje de los hechos y las ideas”, tal como indica en el antetítulo de su charla?

R. Me refiero a que, cuando estudiamos el pasado, tanto las cosas materiales como las inmateriales o las ideas nunca están quietas: se transforman al viajar, al moverse, y también dentro del propio sitio con las nuevas afluencias de personas, mercancías e ideas. Me gusta referirme al viaje porque rompe la idea estática de la historia como esencia fija. Al contrario, nos encontramos con cosas en constante conversación, movimiento y confrontación.

P. ¿Qué nos enseña Averroes?

R. Es un buen referente en cuanto a la importancia que tiene la filosofía y los pensadores del mundo árabe e islámico en un contexto que no es puramente árabe. Nos enseña la influencia de textos clásicos que entendemos como fundamentales de la filosofía europea y el pensamiento occidental. Un pensamiento que no es puro, sino que está mediado por pensadores como Averroes, que son fundamentales para el desarrollo del pensamiento racional que emerge en el Renacimiento. Es decir, que se puede acceder a la verdad más allá de la revelación divina.

P. ¿Podríamos decir que nos encontramos ante un filósofo premoderno?

R. Obviamente no es el único de donde emerge el pensamiento racional, pero sí fue un precursor importante en el pensamiento moderno. En ese sentido, sí podríamos llamarlo un filósofo premoderno. Lo que hoy titulamos bajo el nombre de civilización occidental, en realidad ha tenido mucha influencia del pensamiento que ahora calificaríamos como oriental.

P. ¿Quién quiere borrar a Al Ándalus de la historia de España?

R. Mucha gente que es heredera de un pensamiento que ve a Al Ándalus como una pieza incómoda del puzle de la España moderna. Por un lado, Al Ándalus tiene un gran valor técnico, espiritual y artístico como reclamo turístico, por la exotización de España en Europa o el uso que le dio el franquismo en su hermandad con el mundo árabe. Pero, por otro lado, es un periodo que da constancia de la «impureza» dentro de un canon occidental que muchos abogan que debe ser puro: un desarrollo recto y sin interrupciones que sería la suma de Roma más los elementos germánicos. Es esa idea del fascismo y el nazismo, y que en el caso de España queda rota.

El legado andalusí rompe totalmente ese relato de pureza de que España se forma en confrontación con el Islam. Mostrar que ese «enemigo» fue amigo, hermano y parte de nuestros propios antepasados rompe esa imagen pura. Hoy en día, donde la extrema derecha utiliza términos como Reconquista para sus actos políticos y habla de la inmigración musulmana como un peligro, hablar del legado de Al Ándalus resulta profundamente incómodo, por lo que prefieren omitirlo o presentar el periodo andalusí como algo terrorífico.

P. Por cierto, tiene un máster en Arqueología del Mundo Árabe e Islámico por la University College London y la Universidad de Leicester.

R. Me interesaba la Edad Media, pero en el instituto sentía que el mundo islámico no se enseñaba bien o se presentaba como algo aparte, distinto y enemigo. Eso no me satisfacía la curiosidad. Necesitaba saber más y me empecé a interesar por la vida cotidiana en el mundo islámico y andalusí, precisamente porque rompía esa imagen prístina del pasado nacional.

P. ¿Al-Ándalus sigue siendo una huella incómoda en nuestro sistema educativo?

R. Creo que hay grandes fallas en cómo se enseña la historia. El currículum es inabarcable y está mediado por explicaciones tradicionales. Por ejemplo, el término Reconquista se enseña como un periodo en lugar de un concepto historiográfico nacido en el siglo XIX con implicaciones políticas. El estudiante sale del instituto pensando que la historia es una simple concatenación de hechos, sin herramientas para ver que son relatos situados en el tiempo e interesados. Por eso, cuando partidos políticos usan el término Reconquista, el alumnado lo da como un hecho incuestionable.

P. ¿Y en el imaginario colectivo Al Andalus sigue siendo un elemento extraño para mucha gente?

R. Creo que sí. Al Andalus, a veces, se exotiza para bien y para mal. Hay una simplificación del relato. De la misma manera que se acepta el relato de la Reconquista también se opta por lo contrario y se adopta esa idea de la convivencia pacífica. Al Andalus es un relato que, por estar tan politizado, no tiene lugar a los matices. Se le juzga en un sentido absoluto positivo o negativo. Y creo que hace falta conocerla más, sobre todo en su vida cotidiana. Saber cómo se manejaba la gente en una sociedad plural en todos los sentidos.

P. Sabemos mucho sobre califas y emires y poco sobre albañiles y carniceros.

R. Sí. Es eso. Si hablamos solo de califas, emires y reyes hablamos de vidas que están siempre en tensión política y económica por controlar más territorio y movilizar a gente hacia conflictos armados. Si enseñamos la historia de las clases trabajadoras, encontraríamos respuestas muy humanas que seguimos teniendo a día de hoy: cómo comer, cómo conseguir llegar a fin de mes o cómo entablar relaciones.

Yo, como sujeto del siglo XXI, estoy más cerca de un campesino del XV, sea musulmán o cristiano, que de un Felipe II, con quien no comparto más allá de ciertos elementos identitarios. Y hablaríamos de realidades más cercanas con las que podríamos empatizar más que con la vida de un rey.

P. La historia que conocemos es la narración del poder.

R.

P. En su libro Sobrevivir en el medievo desciende a los problemas cotidianos de la gente. ¿Nos reconocemos si nos miramos en el espejo de la Edad Media?

R. Nos reconocemos en términos muy básicos y fundamentales. Aunque las tecnologías y las respuestas son distintas, las preocupaciones eran las mismas: la subida de precios de los víveres básicos, el coste del alquiler, prohibiciones de conductas consideradas inmorales, enfrentamientos entre vecinos, delincuencia, etc. Nos vemos reflejados porque son realidades que seguimos viviendo en nuestras carnes día a día.

P. Usted ha dicho lo siguiente: «La Edad Media es mucho más limpia y civilizada de lo que creemos».

R. Sobre la Edad Media pesa la losa de su propio nombre: la idea de un periodo de mil años de retroceso y oscuridad entre Roma y el Renacimiento, perpetuado por el cine y las series. Se piensa que no había higiene personal ni pública o que no había color ni tintes. Y, sin caer en el extremo opuesto de decir que se podía comer en el suelo de la calle o que no hubiera epidemias, hay que romper esa narrativa de que la Edad Media fue una época bárbara y que la historia sigue un progreso lineal perfecto. La historia fluctúa.

P. ¿Y qué hay de cierto en el cliché que vincula la Edad Media al integrismo religioso?

R. Es cierto que el poder se justificaba en preceptos religiosos y existieron las Cruzadas o el uso de la religión para enardecer conflictos armados. Pero eso no implica que todo el mundo guiara su vida desde un integrismo absoluto. Había gente que se saltaba los ayunos, incumplía leyes religiosas, y en la propia Iglesia el clero tenía parejas, contraía matrimonio o incurría en prácticas como la sodomía. Nos reconforta pensar que somos más inteligentes y que no caeríamos en eso, pero hoy vemos un crecimiento del fundamentalismo religioso incluso en el discurso político de países como Estados Unidos.

P. ¿Para qué necesitamos los mitos nacionales?

R. Cumplieron un papel en el siglo XIX para construir el concepto de nación y transformar a los súbditos del rey en ciudadanos hermanos. Esa creación del ciudadano como sujeto político necesita de un relato histórico con héroes y villanos. Necesita referentes a través de personajes y sucesos nacionales. Esos relatos nacionales obedecen a un contexto histórico concreto del siglo XIX. La historia de España que se enseña en los institutos sigue siendo heredera de los currículum escolares diseñados en el siglo XIX.

P. Y Puto Mikel se ha propuesto dinamitar esos mitos nacionalcatólicos.

R. Los mitos nacionalcatólicos desde luego que sí. Pero es difícil dinamitar un edificio sin construir algo encima o intentar plantear una alternativa. La gente sigue necesitando algo a lo que aferrarse. Y yo, más que dinamitar por destruir, me propongo exponer las falsedades, omisiones y el uso político detrás de los mitos nacionalcatólicos. Cuanta más información tenemos, más libres somos para elegir con pensamiento crítico. Exponer los mecanismos detrás de relatos como el mito de la Reconquista dota al público de herramientas para ser sujeto emancipado e independiente.

P. ¿Somos el único país del mundo que en su día nacional no celebra la conquista de derechos, sino de territorios?

R. Los dos grandes deberes pendientes en cómo se enseña la historia en España son la Reconquista y la conquista de América. El pasado imperial sigue pesando como fuente de orgullo para unos y de dolor para otros. Abandonar el relato imperial como el que está en el centro de nuestra nación es fundamental. Es imposible resignificar símbolos y pretender que la bandera sea para todos si los rituales nacionales celebran victorias imperiales.

P. ¿La crisis migratoria de Ceuta certifica que hemos construido la historia de España sobre la morofobia?

R. Sí. Al fin y al cabo, no se trata de un fenómeno aislado de España. Lo vemos también en Italia y otros países de Europa, donde la migración de países musulmanes está demonizada. Hay un racismo y una xenofobia general, pero la islamofobia está muy presente en todos los países. Y en España toma matices propios marcados por un relato nacional basado en la confrontación contra el Islam.

Ese mito de que España se fragua contra el Islam y, por tanto, nuestra razón de ser y nuestra esencia es católica. Franco combinó el nacionalcatolicismo con guiños al mundo árabe por su etapa africanista y como una forma de romper el bloqueo diplomático que vivió el franquismo durante los años 40 y 50. El nacionalismo ultra ahora en España ha vuelto a un lugar donde se siente cómodo: esa morofobia que ya vimos en los siglos XVI y XVII, que se diluyó en el XX y que ahora se ha recuperado con orgullo.

P. ¿La verdad está en las piedras?

R. Yo no creo que la verdad esté en las piedras, pero sí que los restos materiales nos dan mucha información que no vamos a encontrar nunca en las fuentes. En las fuentes escritas a la gente le encanta mentir sobre sí misma. La arqueología nos muestra cosas que no se ven representadas en los escritos. Nos enseña la basura de la gente. Sus vergüenzas.

P. Hay que desconfiar de las fuentes escritas.

R. Hay que cuestionar tanto las fuentes escritas como las fuentes materiales arqueológicas. Cuestionarnos cómo han llegado hasta ahí y sus procesos de sedimentación. El método para interrogar a una fuente escrita versus una fuente arqueológica requiere preguntas distintas.

P. ¿Divulgar y divertir caben en la misma ecuación?

R. Yo creo que sí. La risa es una herramienta muy potente para acercar la historia a la gente. Hay que quitar la solemnidad excesiva sin faltar al método. Hay que quitar esa pátina de súper respetabilidad que tiene la historia. Al pasado, a veces, lo tratamos con una reverencia en términos absolutos, sin negar que hay episodios donde no se puede bromear. El humor ayuda a humanizar el pasado y ver que el ser humano en la historia también ha sido irracional y ridículo.

P. ¿Y qué hacemos con los seudohistoriadores?

R. Es complicado. Tenemos que educar a la gente en la relevancia que tiene la historia. Mucha gente tiene la idea de que cualquiera puede hacer historia leyendo un poco, como si no hubiera un método científico. Igual que nadie operaría a corazón abierto sin formación, no se puede hablar de temas complejos como la Guerra Civil sin método histórico. Más que confrontar directamente, debemos educar al público explicando qué es el método histórico y qué hace que un trabajo sea riguroso.

P. ¿Las redes sociales son hoy un arma de divulgación o de desinformación masiva?

R. Igual que cuando apareció la prensa se podía utilizar para informar o para difundir bulos, y lo seguimos viendo a día de hoy, las redes sociales operan un poco igual. Hay gente que utiliza las redes sociales para informar y otra gente para desinformar. El problema es que obviamente tienen un alcance masivo. Si todo el mundo tiene hoy instrumentos para crear discursos al alcance de su mano, vamos a tener muchos más altavoces, buenos y malos. El problema no es tanto que haya cambiado el paradigma, sino que ha cambiado el volumen.

P. ¿La inteligencia artificial amenaza a Puto Mikel?

R. No creo que la inteligencia artificial vaya a sustituir la necesidad de conexión humana, al menos a corto o medio plazo. Desconfiamos mucho de la inteligencia artificial porque sabemos que no es perfecta y que tiene intereses detrás. Yo intento no solo divulgar y dar información sobre el pasado, sino darla de un modo creativo. La gente sigue sabiendo distinguir entre creación artística y humana frente a una inteligencia artificial sin alma.

 

ARISTÓTELES MORENO